Artículos




La vida que has vivido, ¿es la que querías vivir?

 

Hace años, un amigo me invitó a escuchar a un oscuro filósofo que disertaría en una pequeña sala, ubicada en los arrabales de la ciudad. No me complacía salir de mis coordenadas urbanas, pero este personaje era conocido por su verbo incendiario, provocador. Decidí acompañarlo sin mayores expectativas.

Cuando llegamos, la charla había comenzado. Un hombre de unos cincuenta años, pelo canoso, delgado, vestido sencillamente, se dirigía a un público de no más de veinte personas esparcidas en el local mal iluminado por unas pocas bombillas, lo que daba una ambientación, sin querer, muy apropiada para el tema en discusión: la muerte.

—¿Quién de ustedes se atrevería a decir que es la muerte?, ¿Quién de ustedes siente que hay un destino?, ¿Quién de manera irrefutable puede decir que existe una realidad? — preguntaba pausadamente, sin dejar de mirarnos, uno por uno
—Les digo algo— continuó— si están buscando respuestas en la filosofía han escogido el camino equivocado, porque no las hay, se quedarán esperando por ellas. Lo único que nos queda es preguntar, hurgar, incomodar, y darnos cuenta que en la pregunta está la respuesta, no como un concepto que aparece, sino como una luz que estremece. Entre tanto, lean el Rubaiyat, de Omar Khayyam.

Tomó el poemario, se acomodó unos viejos antejos, y leyó:

“No pretendas sondear el arcano de lo desconocido,
porque los enigmas que encierra son otros tantos laberintos
 sin medida ni término.
No pierdas el tiempo indagando el porqué de la vida. Gózala…”,

—Léanlo, y quizá encuentren un poco de consuelo en medio de la desesperanza, y el desamparo— concluyó.

Al terminar, dio las gracias en un murmullo, y se fue sin despedirse. No tuve oportunidad de estrechar su mano y agradecerle. Simplemente desapareció, dejándome a los veinte años una huella indeleble. Desde entonces, llevo conmigo un ejemplar desgastado del poeta persa, que antes había pertenecido a mi padre.

¿Poesía y filosofía? Si, al fin y al cabo, ambas son géneros literarios, y por lo tanto expresiones del arte, en tanto creadoras de mundo. La filosofía es el arte de la pregunta, no para encontrar una respuesta, sino para desestructurar una realidad que ilusoriamente luce definitiva, inalterable, y que siempre puede ser de otra manera.

El sistema tiene sus mecanismos de “sujeción del sujeto”. No usa cadenas, ni sogas. Ni siquiera hay un manual del “buen ciudadano”. La deriva cultural se ocupa de domesticarnos. Nunca un sistema esclavista fue tan “dulce” como éste, nos dice el filósofo. Es tan sutil, que en un punto dócilmente aceptas tu rol. Serás un trabajador aplicado, consciente y disciplinado, eso te hará un ciudadano ejemplar. Te darás lo gustos promedios que tu sueldo permite, y te esforzarás por tener más. Mucho no es suficiente, se trata de competir para vencer, después de todo “el fin justifica los medios”. Pasarán los años, y probablemente, en algún momento, tendrás una revelación: percibirás que tu vida la vivió un otro, que no eras tú.

¿Es esta una visión trágica?, puede ser. La diferencia es que quizá tengamos, en algún momento, el arrojo para desafiarla, o mejor aún, el valor de desafiarnos a nosotros mismos, haciéndonos una pregunta: la vida que he vivido, ¿es la vida que quería vivir? De la respuesta que des dependerán muchas cosas.

La dificultad estriba en identificar los límites que nos separan de una realidad mayor, que nos impiden mirar “fuera de la caja”. Los cánones de la herencia judeo-cristiana y greco-romana son, hay que decirlo, atemorizantes, y aparentemente insoslayables. En ese sentido, me fascina la visión atrevida de presocráticos como Heráclito, Pitágoras, Empédocles; de genios como Sócrates, Platón y Aristóteles; gozo con el cinismo de Diógenes, las extravagancias de Epicuro (enemigo número uno de la iglesia), o el escepticismo de Pirrón.

La vida parece adquirir un sentido, una dimensión diferente, después de leer, y discutir, a Spinosa (La Ética), Baudelaire (Las flores del mal), Nietzsche (Así habló Zaratrusta), Wattzlawick (Teoría de la comunicación humana), Foucault (La palabra y las cosas), o Derridá (Aporías); ni hablar de los encuentros organizados por, y para, solitarios e inconformistas como yo, donde estudiábamos sin pudor, la vida, el pensamiento, y las obras, de mujeres excepcionales como Clarice Lispector (La ciudad citiada),  Margarite Duras (El mal de la muerte), ó Simone de Beauvoir (Todos los hombres son mortales), a quienes inevitablemente terminaba amando. Cuando ingresas a ese mundo sin retorno, las preguntas comienzan a florecer como un jardín en primavera.

Me voltearon de cabeza los pensadores de la modernidad, y de la posmodernidad, quienes retaban, cada uno en su época, los conceptos y paradigmas con los que discrepaban, y afrontaban con rigor. La hermenéutica y la heurística nunca fueron tan bien empleadas como palancas de expansión, hacia nuevos territorios del pensamiento. A esos “exploradores” de siempre les debemos, bien o mal, nuestra forma de ver el mundo, aunque una inmensa mayoría prefiera no darse cuenta, y permanecer “dormida”. En todo caso, es una decisión.


Nuevamente, la vida que has vivido, ¿es la que querías vivir?



La pecera existencial, ¿de qué tamaño es tu pecera?

Ciertamente, ¿qué sabe el pez del agua donde vive toda su vida?, ni siquiera sabe que el agua existe. No es consciente de su mundo, solo está en él, y para él es todo lo que hay, porque no puede verse a sí mismo fuera de la pecera.
 —Mi vida es un desastre, no sé qué hacer, me abruma el trabajo, mis hijos, mi familia…todo…yo lo único que ansío es un poco de libertad—me dice al borde de las lágrimas una cliente.


En ocasiones algunas personas me traen a la mente la imagen de un pez en una pecera chica, angosta, insuficiente. A veces las analogías son tan poderosas que asustan. 
Para algunos, la vida transcurre en un receptáculo como el descrito, para otros en un amplio acuario, para los menos en un ancho mar. Si a ver vamos, todos somos peces, tenemos la misma constitución, aunque tengamos diferentes aspectos y comportamientos. Algunos desarrollan ciertas habilidades, otros no. En el fondo nos mueven los mismos intereses: vivir en plenitud, ser.
La diferencia entre nosotros y un pez es que este no sabe que lo es, simplemente es, y se realiza en tanto tal. No identifica el agua que lo contiene, ni los límites de su prisión. No piensa, reacciona.
Lo que nos asemeja a él (como miembros del reino animal), es que su mundo, su realidad, transcurre en una homeostasis permanente. El medio lo determina. Permanece en el ámbito que más lo favorece. Si el medio cambia apelará a su capacidad adaptativa, de eso dependerá su supervivencia.
Mi cliente en referencia ha establecido, como el pez en su pecera, un ámbito de acciones posibles, y ha construido una realidad a la medida, que la hace sentir encorsetada. Ve su relación con el contexto no solo determinante, sino definitiva. Cree que su “realidad” es la realidad, tanto así que no se atreve siquiera a cuestionarla: “las cosas son como son”, dice resignada.
Desde esa perspectiva “las cosas” tienen vida propia, y le imponen pautas que “la hacen sufrir”. El mundo que la rodea está separado de ella, como un ente independiente. Ambos solo comparten un espacio, donde el mundo lleva la batuta, y ella sigue su ritmo.
Bajo esas circunstancias siente que no hay escape, los límites de su mundo no están solo determinados por su lenguaje (parafraseando a Wittgenstein) y los lapidarios juicios que hace, sino por el contexto y todo lo que allí ocurre, que contrarían su sed de libertad.
En su modelo del mundo ella hace el papel de víctima. Una decisión inconsciente, que ahora le pesa, y por lo que decide buscar ayuda. El ojo no puede mirarse así mismo, solo deduce y saca conclusiones en base a la percepción que tiene en medio de todo lo que le rodea. La vida es referencial.
Bajo estas premisas, la persona se mueve por el territorio con un plano constreñido, acotado, que le impide hacer las lecturas con amplitud. Por el contrario, en cada intento solo alimenta su estado de frustración al sentir que no llega a ninguna parte, o peor, que llega siempre al mismo lugar, por lo que termina queriendo hacer entrar el territorio en el escueto mapa que ha construido. Imposible.
Llegado un punto, la persona ha edificado un cerco a su alrededor, para sentirse protegida del mar abierto. Sus hipótesis y supuestos se enfilan a defender, a justificar, lo que ella cree que es la vida, peor aún, lo que es la verdad. Cree que lo que ve es todo lo que hay. Así, el espacio de posibilidades es tan pequeño como su pecera. Como su vida.
Al final del día, la cultura es la pecera que hemos construido, y que nos separa para protegernos mejor de un horizonte más amplio, que para la mayoría puede lucir amenazante, y a donde solo unos pocos se atreven.
¿Qué hacer? Siendo las creencias fundamento de nuestras vidas (somos lo que creemos que somos), se constituyen en supuestos existenciales entre los que nadamos como pez en el agua. El detalle está en que las creencias pertenecen al ámbito de lo subjetivo, no de lo objetivo. Son constructos personales que le dan sentido a la forma de estar siendo, desde donde justificamos nuestras acciones, nuestros aciertos y desvaríos. Una creencia con el tiempo se transforma en verdad inequívoca, inamovible, e inquebrantable. La fe es un buen ejemplo.
Podemos creer que la vida es dura, tanto como que es paseo; podemos creer que el amor no existe, tanto como vivir permanentemente enamorados, y en ambos casos estaremos en lo cierto, después de todo, son nuestras verdades, aunque los resultados en uno u otro caso sean diferentes.
El primer paso entonces es identificar la, o las, creencias que impulsan los comportamientos de mi cliente, principalmente la intención positiva que las sustentan, indagar en su origen, cuestionarlas, y proponer creencias alternativas que respondan con mayor fuerza a dicha intención. Todo lo que hacemos se hace por algo.
Al hacer este ejercicio, la cliente logra fundamentalmente tomar conciencia de la situación que está viviendo desde un espacio de apertura (¡fuera de la pecera!). Hablamos de una conciencia expandida, y con ello, de un “pez” que amplía sus límites existenciales, su mirada, y se aventura hacia otros espacios que le exigirán nuevos comportamientos, nuevos retos y exigencias, en su propio e íntimo devenir, para llegar a ser lo que anhela.
¿De que tamaño es tu pecera? ¿haz percibido si te mueves en ella con comodidad, o mas bien sientes que te queda chica?, ¿estas consciente que la realidad en la que nadas es tu propia realidad?
Los seres humanos no nos descubrimos, nos construimos. La pecera es la medida de tu propia hechura, de nadie más. Exhumamos saberes, conocimiento y experiencia en cada paso que damos. Con esos elementos hacemos lo que hacemos, y entonces somos. Somos seres enraizados en un tiempo y un espacio Arrastramos una historicidad. Nuestra especie, además de guardar su historia en su material genético lo preserva en su cuerpo, en su lengua, en su cultura.
El tamaño de lo que me contiene, es producto de la forma de relacionarme con el contexto, y conmigo mismo. Las personas que pasan la vida aferrándose a lo seguro, van reduciendo sus posibilidades; y el marco de su situación vital se va estrechando. Se pierden lo mejor de sí mismos, que es lo que podrían haber sido. 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario